La violencia que justificamos
Un político en tarima pública, seguidores, curiosos o transeúntes reunidos para escuchar sus ideas y propuestas políticas, disparos, confusión, terror. Un ser humano cargado en brazos con heridas muy graves…¿Les suena este escenario? Pasó en agosto de 1989 y pasó, 35 años después, el 7 de junio de 2025. A Luis Carlos Galán, junto a muchos más políticos de los 80s y 90s, los mató su profesión, los mató defender sus pensamientos ideológicos y fue eso mismo lo que tiene entre la vida y la muerte al senador Miguel Uribe Turbay.
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| Foto tomada de https://www.france24.com/ . EFE - Mauricio Dueñas Castañeda |
En Colombia el sábado las redes sociales y los medios explotaron, el senador Miguel Uribe había recibido 3 disparos en medio de un evento de su campaña como precandidato presidencial, el, hasta ahora, intento de homicidio ocurrió a plena luz del día y no sólo desató el miedo en las calles sino que llevó a una conversación sobre la violencia en el país, esa conversación que es tan incómoda y que hace tanta falta pero que lastimosamente se realiza cuando ocurren eventos tan mediáticos cómo el atentado al senador.
Pero los detalles de esa tarde de horror y los avances tanto en el caso como en la salud de Miguel Uribe ya nos están llegando a enormes cantidades, algunas veces con información verificada otras veces con fallas y correcciones porque desafortunadamente hoy la prensa busca hablar rápido pero no hablar bien. Lo que ha llamado mi atención y quisiera destacar es cómo justificamos la violencia y normalizamos los discursos de odio.
“Lo hice por dinero, por mi familia”
Algunos medios han dicho 15, al pasar los días dicen que el atacante tiene 14 años, es decir, quien accionó el arma y atentó contra la vida de un ser humano es un menor de edad, un chico que a esa edad debería estar pensando en su colegio, sus amigos y sus hobbies y sin embargo estaba en medio de una reunión política acomodándose y esperando el momento para disparar, pero ¿por qué? El psicólogo Arturo Silva Pérez dice “los chicos no tienen muchas oportunidades, en dónde el futuro no es nada prometedor, el hecho de que les ofrezcan tomar las armas o un dinero con el que ellos puedan ayudar a sus familias a ellos les parece positivo, les da una esperanza” y es precisamente esa necesidad, es esa falta de oportunidades la que hace de los y las menores de edad las víctimas perfectas para ser instrumentalizadas para la guerra, uno de los delitos más atroces que se nos ha traído este conflicto interno que ha retomado su fuerza. En las ciudades, en los pueblos y en las zonas rurales vemos como niños y niñas son “contratados” para ser soplones, para transportar armas o dinero ilegal, para disparar o para ser reclutados forzosamente bajo amenazas u ofrecimientos económicos.
La Defensoría del Pueblo reportó en marzo de este año que “durante el año 2024, se registraron un total de 463 casos, que afectaron a 279 niños y adolescentes y a 184 niñas y adolescentes.”1, estas cifras se presentan aún cuando las negociaciones que se han realizado con el ELN están amparadas por el Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra el cuál establece “los niños menores de quince años no serán reclutados en las fuerzas o grupos armados y no se permitirá que participen en las hostilidades”2, sin embargo, el “Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño relativo a la participación de los niños en conflictos armados” (que Colombia adoptó) definió que los grupos armados no deben reclutar o utilizar en hostilidades a menores de 18 años”3 es decir, negociamos sobre una base que protege a los menores de 15 cuando en nuestra legislación tenemos un protocolo que protege a los y las menores de edad; y es este tipo de ventanas y falta de precisión lo que le permite a los grupos ilegales y criminales excusarse y continuar utilizando a la niñez en esta guerra absurda en la que un menor “acepta” tomar un arma para atentar contra la vida de alguien más.
¿Qué pasaría entonces si los y las niñas tuvieran más y mejores oportunidades? ¿Si en ellos no recayera la necesidad de conseguir dinero o proteger a su familia?
Asesinatos justificados
En Colombia somos indolentes, la guerra solo nos duele cuando es alguien cercano o una figura pública, pero en este último grupo sólo nos duele si es de nuestro equipo de fútbol o nuestro partido político. Ayer en el concierto de la Esperanza, en el que estuve presente, realizado en Bogotá se hizo un llamado en varias ocasiones que nos uniéramos para pedir por la vida de Miguel Uribe, sin embargo la respuesta general fue de rechazo, de abucheos y de frases como “que va, que se muera ese hp…”, un escenario en el que la mayor parte eran jóvenes estaba tan cegado por la política que la vida dejó de importar. Y en la otra cara de la moneda, ese mismo día en la” marcha por la vida” convocada para protestar por el atentado al senador Uribe gritaron y ofendieron a una periodista de RTVC4 por estar en el cubrimiento de la noticia, por cumplir su trabajo y ¿por qué? Sencillamente por ser de un medio “del gobierno” y así mientras se pide por la vida de unos el trabajo y la dignidad de otros no importa.
Y si, ese es el país hipócrita en el que vivimos, un país al que sólo le duelen algunos muertes, pero ignora otras, un país que se permite insultar, humillar y asesinar si no se comparten las mismas ideas políticas, un país que ignora a las más de 90.000 víctimas que la guerra ha dejado en el Catatumbo en lo que va de 20255 o las más de 1.600 víctimas del Chocó6 en lo que iba reportado hasta febrero. Un país que se ciega y se deja politizar por discursos de odio en vez de ser un país que se una con la fuerza de su gente para decir no a la guerra, no a la muerte, no a la utilización de la niñez sin poner condicionantes.

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